miércoles, 24 de septiembre de 2014

Todo el mundo adorando el otoño.

Y yo no puedo sentirme más contrariada.

Es como si las personas se cansaran de las cosas permanentes. Quieren cambios, cambios ajenos, externos, que les obliguen a cambiar su vida de algún modo.

La rutina. Amor a la rutina, a volver a tener responsabilidades, a sentirse útiles. A tener el día lleno de asuntos y no tener tiempo de pensar en uno mismo. Quizá porque la vida personal es demasiado triste o vacía. Esa necesidad de llenar la cabeza de otros pensamientos no hace más que evitar, esquivar, un problema que está latente. Estará siempre. Cuando tengas un momento a solas contigo mismo, florecerá.

Las personas se sienten productivas cuando llega el final del día y están cansadas; cuando sienten que no tienen tiempo para nada más, están exhaustas y caen en la cama rendidas. Y, al día siguiente, otra vez. Más de lo mismo.

Llega el ansiado fin de semana, deseando tener planes y hacer todo lo que no se puede hacer entre semana. Pero, después, el domingo es aburrido y desolador.

Si tu vida es buena, el domingo debe ser un día genial. Me atrevería a decir incluso que es el mejor día.

Lunes, motivación a tope para empezar de nuevo: expectativas y querer hacerlo todo bien. Como el primer día de un mes, o el primer día de un año. ¿Por qué? Como si cualquier día no fuera bueno para hacer lo que de verdad quieres hacer. Esas acciones "impuestas", esas exigencias a menudo ridículas, no hacen más que elevar la presión, la frustración y la infelicidad.

Y ahora se acaba el verano, esa época tan perfecta, ideal. Calor. Ese calor que cansa y que se echa de menos en cuanto tenemos que agarrar el abrigo. Contradicción.

Odio el frío, no soporto tener que ponerme capas interminables de ropa, no soporto tener mis extremidades cual hielo, no soporto que el día acabe tan pronto... No soporto la complejidad que conlleva. Quiero una vida sencilla.

No quiero el otoño. No quería que llegara. No lo quiero nunca.

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